«No voy a aprender su maldito idioma»

(Lacayos, lambones, sapos)

Por Bautista Pérez

Los Estados Unidos, sin duda es un país poderoso, en lo económico y militar. Y utiliza esta fuerza para intentar imponer su hegemonía en todo el mundo. Y su arma, el chantaje y la agresión militar. Primero te amenazan, luego tratan de imponer sus proyectos y si te defiendes entonces recurren a la violencia. Ese es su estilo.

Pero para que ese imperio funcione, necesitan algo más que bombas: necesitan  lacayos. ¿Y qué es un lacayo? En buen español, es un lambón de marca mayor. Es ese tipo que vende su alma y su bandera por una palmadita en la espalda del amo. Los conocemos en el trabajo o en la calle como «lameculos» o «sapos», pero el peor de todos es el lacayo político. Ese que nace en nuestra tierra pero trabaja para la de afuera, entregando los recursos y el futuro de su gente a cambio de caer en gracia en Washington.

El desfile de los sometidos

Hoy tenemos 12 lacayos, personajes que dan vergüenza ajena. Vamos a nombrarlos, porque es importante conocer quiénes son estos personajes de tan poca valía.  Panamá, José Raúl Mulino; el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, la primera ministra de Trinidad y Tobago, Kamla Persad-Bissessar, el presidente de Honduras, Nasry Asfura, de Bolivia, Rodrigo Paz; de Ecuador, Daniel Noboa; de Costa Rica, Rodrigo Chaves; de Argentina, Javier Milei; de República Dominicana, Luis Abinader; de Guyana, Irfaan Ali; de Paraguay, Santiago Peña, y de El Salvador, Nayib Bukele.

Todos se llenan la boca hablando de soberanía, pero actúan como empleados del mes de la Casa Blanca. Ahí tienes a la «crema y nata»: desde el admirador de Pinochet en Chile, José Antonio Kast, hasta Daniel Noboa en Ecuador —con todos los rumores que rodea la flota de su familia y el narcotráfico— pasando por el «sionista que habla con perros», Javier Milei en Argentina.

La lista sigue y no termina: Santiago Peña, fan de Strossner el dictador paraguayo; Luis Abinader, con su retórica contra Haití; y hasta Bukele, que mucho posa de rebelde pero termina bailando al son que le toquen.

Hace poco el «Presidente Naranja» los citó a todos en Miami para inventarse ese cuento del Escudo de América. ¿Y cómo los recibió? Con un bofetón en la cara: “No voy a aprender su maldito idioma”. Así, sin filtro. Les dijo en su cara que no le importa su cultura, ni cómo hablan, ni lo que piensen. ¿Y qué hicieron los doce apóstoles del entreguismo? Aplaudieron como focas, con una sonrisa de oreja a oreja, agradeciendo el insulto. Hasta Marco Rubio tuvo que pedir permiso para decir tres palabras en español. ¡Qué clase de dignidad!

El plan: Fabricar enemigos:

Esa cumbre no fue para ayudar a nadie. Fue para montar el muñeco contra los países que todavía tienen presidentes con pantalones, los que no se arrodillan: México, Colombia, Cuba, Nicaragua y Brasil. Como esos no son lacayos, ahora les quieren montar el expediente de «narcotráfico, terrorismo y corrupción». Es el viejo truco: la prensa derechista empieza a cacarear el tema para preparar el terreno de la agresión. Y los lacayos, sometidos ya tienen su asignación.

En Puerto Rico el panorama es igual de triste. Aquí no llegan ni a lacayos de grandes ligas, se quedan cortos, se quedan como lameculos de patio. Personajes como Jenniffer, Schatz o Pablo José, apoyando el asesinato de niñas en Irán, compitiendo a ver quién es «más americano» que el propio Trump, besando el suelo por donde pasa el amo. Es una estampa colonial patética, de gente arrodillada que olvidó lo que es caminar de pie.

¿Con qué contamos entonces? Ante tanto payaso naranja y tanto lambón de turno, lo único que nos queda es la dignidad de los pueblos. El abusador y su coro de sapos son fuertes, pero cuando un pueblo decide que ya no se deja pisotear más, no hay imperio que lo aguante ni lacayo que lo detenga. Estar en el lado correcto de la historia no es ni recibir ni aplaudir insultos en Miami, es defender la tierra propia con la frente en alto.


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